sábado, 30 de junio de 2012

Eso de la matada

Tomando una gran respiración agarró a la primera y le retorció el pescuezo como había visto a Nacha hacerlo tantas veces, pero con tan poca fuerza que la pobre codorniz no murió, sino que se fue quejando lastimeramente por toda la cocina, con la cabeza colgando de lado. ¡Esa imagen la horrorizó! Comprendió que no se podía ser débil en eso de la matada: o se hacía con firmeza o sólo se causaba un gran dolor.


Laura Esquivel,
del libro: “Como agua para chocolate”